Gregorio Cortez Lira

La invasión y conquista de la parte nomccidental de México en 1846 tuvo como resultado la mutilación de más de un tercio del territorio mexicano y la adquisición, por parte de Estados Unidos, de una población de 75 mil personas que de la noche a la mañana se transformaron de mexicanos a mexicanos-estadounidenses, tal como lo disponía el tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848. Casi inmediatamente estos mexicanos estadounidenses comenzaron a sufrir las funestas consecuencias del hecho de haberse convertido repentinamente en extranjeros en su propia tierra. Algunos mexicanos-estadounidenses trataron de sobrevivir mediante la asimilación, lucharon por su salvación individual mediante la alianza política o económica con los angloestadounidenses, o se sometieron, convirtiéndose en los peones de la nueva sociedad. Pero hubo otros que resistieron, ya fuera luchando contra el nuevo sistema angloestadounidense, ya creando y sosteniendo muchos de resistencia cultural pasiva o recurriendo a la violencia extralegal. Éste es el caso de Gregorio Cortez, el héroe mexicano de la frontera más famoso después de Joaquín Munieta y Juan N. Cortina. No fue un bandolero, sino más bien un fugitivo de la injusticia, cuyas hazañas le ganaron un lugar prominente en la galería de héroes populares románticos chicanos.

Cortez se ha convertido en leyenda, como muchos héroes populares antes que él, pero en su caso ha sido posible ir más alla de la leyenda, a los hechos mismos de donde surgió, porque hasta hace poco tiempo todavía existían personas que lo conocieran y sus hazañas fueran documentadas perfectamente en notas de periódico, cartas y documentos oficiales. Sin embargo, la historia verdadera no es menos admirable que la leyenda que inspiró.

Gregorio Cortez Lira, hijo de Román Cortez Garza y Rosalía Lira Cortinas, nació en un rancho situado entre Matamoros y Reynosa dcl lado mcxicano dc la frontcra. el 22 de junio de 1875. Era el séptimo de una familia de ocho hijos. En I887, cuando Greporio tenía doce años, su familia sc mudó a Manor, Texas. cerca de Austin. Dos añs después. Greporio y su hermano mayor Romaldo iniciaron una vida errante que duró varios años, por los condados adyacentes: Karnes y González, entre otros. Trabajaron para los granjeros y rancheros de la zona, unas veces como vaqueros y otras como peones.

Greporio se casó una edad temprana con Leonor Díaz. Su primera hija, Mariana, nació en 1891, cuando Greporio tenía só1o 16 años. Para 1901 ya tenía cuatro hijos: Mariana de diez años, Valeriano de ocho, Severo de cinco y un niño de cerca de tres, Crispin.

Valeriano dice, en una encuesta, que su tío Romaldo y su padre eran inseparables: conseguían trabajo juntos y si uno se iba, el otro lo hacía también. Algunas veces la familia se establecía en algún lugar por una o dos temporadas; entonces Greporio y Romaldo trabajaban en los ranchos cercanos. Valeriano recordaba esos días con placer, el coche en que viajaban y los campamentos a medio día bajo la sombra y junto a pequeños arroyos, conforme iban de trabajo en trabajo.

Finalmente, en 1901 Romaldo y Gregorio decidieron establecerse en un lugar y trabajar por su cuenta. Es probable que Gregorio, ahora de 25 años y padre de cuatro niños, haya sido quien lo sugirió. Romaldo era mayor, pero él y su esposa no tenían hijos. W. A. Thulemeyer, que tenía un rancho a unas diez millas al oeste de Kennedy, en el condado de Karnes, rentó a los Cortez algunas de sus tierras. Los hermanos se establecieron en la granja y construyeron sus casas a una milla una de la otra. 1901 era su primer año de arrendatarios y para junio ya se veía que tendrían una buena cosecha de maíz.

De acuerdo con todas las informaciones, Gregorio Cortez era una persona muy agradable y hasta ese momento nunca había tenido problemas con la ley. Él y su hermano eran muy conocidos en el condado de Karnes, que habían frecuentado durante once años, y nunca había sido acusado de ningún delito. Sin embargo, aunque Cortez nunca antes había tenido problemas con la autoridad, sí los había tenido, por lo menos en una ocasión, con los granjeros estadounidenses de los alrededores.

Como a la una de la tarde del 12 de junio de 1901, Gregorio Cortez había terminado de comer y se encontraba acostado cuan largo era en el porche del frente de su casa, en la tierra de Thulemeyer, en Karnes, Texas. Tenía la cabeza posada en las piernas de su esposa. Su madre, su hermano Romaldo y la esposa de éste, estaban sentados frente a é1. Los niños estaban dentro, comiendo todavía. El tiempo estaba caluroso y el maíz alto prometía una buena cosecha; había motivo para que los Cortez estuvieran contentos.

En esos momentos apareció el sheriff W. T. "Brack" Morris, del condado de Karnes, acompañado de su ayudante Boone Choate, en la búsqueda de ladrones de caballos.

Un día antes, Morris había recibido un aviso del sheriff Avant, del condado de Atascosa, con la petición de que buscara a un ladrón de caballos de Atascosa que había sido rastreado hasta Karnes. Avant no sabía el nombre del sujeto y toda la información que transmitió a Morrls fue que se trataba de "un hombre mexicano de mediana estatura con sombrero mexicano rojo de grandes alas". El sheriff Morris siguió la pista hasta Kennedy y en la mañana del día 12 comenzó a inspeccionar a los mexicanos que habían adquirido caballos en las últimas semanas.

Morris tenía como intérprete a Boone Choate, uno de sus ayudantes, quien se suponía era experto en la lengua de los mexicanos. Parece que Choate era uno de esos hombres que con el conocimiento de unas pocas palabras en español, mal pronunciadas, se creaban forma de conocer perfectamente el idioma y las costumbres de los mexicanos. Si se revisan los expedientes de los tribunales, las investigaciones de demandas y otros documentos concernientes a la relación entre mexicanos y anglotexanos, se verá que las sentencias a prisión, las resoluciones a las demandas e incluso "hechos históricos" se encuentran basadas en declaraciones de hombres calificados como expertos en asuntos mt·xicanos, sin siquiera saber español. Boone Choate era uno esos hombres.


A través de Choate, Morris interrogó a varios mexicanos de Kennedy y finalmente encontró que un hombre llamado Andrés Villarreal había cambiado un caballo por una yegua a un hombre llamado Gregorio Cortez y sin mayores datos decidió dirigirse para mayores averiguaciones a casa de este último. Tal vez Morris habia escuchado informes recientes de que ese hom-

bre era un mexicano difícil, consecuencia de algún incidente con un estadounidense. Investigaciones posteriores probaron que Cortez había adquirido la yegua legalmente y que Villarreal conocía la historia de la yegua cuando habló con Morris a través de Choate.

Morris y Choate llegaron a casa de Gregorio Cortez a bordo de un automóvil, que detuvieron en el frente. Ésta era una época en que todos los hombres iban armados, inclusive en la populosa y metropolitana San Antonio. Gregorio, recostado en el piso del porche y con la cabeza en las piernas de su esposa, tenía una pistola al frente, en el cinturón. Romaldo no estaba armado. Cuando el coche se detuvo, Gregorio se sentó y deslizó la pistola por el cinturón hasta que quedó junto a su bolsillo trasero. Le dijo a Romaldo que se encontraba sentado en los escalones: "Ve qué quieren". Romaldo habló con los hombres, regresó unos pasos y le gritó a Gregorio en español: "Te quieren".

Gregorio acudió al llamado de Romaldo y ambos se colocaron próximos a la cerca que rodeaba la casa. Choate le preguntó a Gregorio si le había cambiado a Villarreal un caballo y Gregorio dijo "no". Estaba diciendo la verdad, ya que él había cambiado una yegua. No queda claro cómo Choate, supuestamente un hombre de rancho, confundió a un caballo con una yegua. Una posibilidad es que por su pobre dominio del español no supo o no se acordó de la palabra española que designa a la "yegua" y la utilizó el vocablo "caballo".

Cuando Gregofio dijo "no", el sheriff Morris bajó de su coche, saltó la cerca, se acetcó a los Cortez y dijo a Choate que informara a Romaldo y a Gregorio que los iba a arrestar. En ese momento este último dijo algo en espaaol que incluía las palabras "arretar" y "nada". Choate, quien en el juicio posterior de Gregorio Cortez en Karnes declaró lo dicho como "a mí no me arresta nada" en esa ocasión lo tradujo como "no white man
can arest me (ningún hombre blanco puede arrestarme). Des-
pués que Choate se enteró, por medio de testigos de la defensa, que "no one" significa "nadie" y no "nada", cambió su declaración por "a mí no me arresta nadie", equivocando ahora el uso del verbo. Es probable que se haya percatado que los mexicanos no definen a los angloestadounidenses como "blancos", y cambió también su traducción a "no one can arrest me" (nadie puede arrestarme). Lo que probablemente dijo Cortez y que su defensa argumentaba fue "no puede arrestarme por nada" ("you can't arrest me for nothing"). Por su parte, aparentemente Morris lo entendió como "no white man can arrest me" (ningún hombre blanco puede arrestarme).

Durante los siguientes segundos Morris disparó contra Romaldo Cortez y lo hirió, disparó también contra Gregorio pero erró el tiro y recibió un tiro de éste.


Después de llevar a su hermano herido a casa de unos amigos a quince kilómetros de distancia, Gregorio emprendió una de las huídas más famosas, por heróica y accidentada, de la épica de Texas. Durante diez días anduvo escondiéndose, acosado noche y día por cientos de perseguidores organizados en grupos de hasta trescientos hombres. Caminó por lo menos 190 kilómetros a pie, recorrió a caballo más de 650 y luchó contra un grupo tras otro de sus persiguidores hasta que, finalmente, fue capturado.

Para entonces Cortez se había convertido en un caso célebre. Para los chicanos era un héroe popular y romántico, surgido de la noche a la mañana; para los angloestadounidenses era un "archidemonio", como le llamó un periódico, que debía ser castigado a cualquier costo.

Los mexicanos, tanto ricos como pobres, de ambos lados del Río Bravo, dieron grandes cantidades de dinero con el fin de formar un fondo para la defensa de este héroe romántico de la resistencia. Después de una batalla de tres años y medio en los tribunales, Cortez fue declarado inocente por la muerte del sheriff del condado de Karnes, pero fue sentenciado a prisión perpetua por haber matado a otro sheriff al ser perseguido por aquel crimen del que no era culpable. Mas de diez años después, a raíz de reiteradas peticiones, el gobernador de Texas le otorgó el indulto en julio de 1913.

José Ledezma Reyes, Nuevo Aztlán, diciembre, 2001


El corrido de Gregorio Cortez

En el condado del Carmen
tal desgracia sucedió,
murió el Sheriffe Mayor
no saben quién lo mató.

Serían las dos de la tarde
como media hora después,
supieron que el malhechor
era Gregorio Cortez.

Soltarion los perros juanes
pa'que siguieran la huella
pero alcanzar a Cortez
era seguir una estrella.

Esos rinches del condado
iban que casi volaban
porque querían ganar
tres mil pesos que les daban.

En el condado de Kiances
lo llegaron a alcanzar;
a poco más de trescientos
y allí les brincó el corral.

Decía el Sheriffe Mayor
como queriendo llorar
-Cortez, entrega tus armas,
no te vamos a matar.

Decía Gregorio Cortez
les gritaba en alta voz;
-Mis armas no las entrego
ha' no estar en calaboz'.

Decía Gregorio Cortez
con su pistola en mano;
-¡Ah, cuánto rinche montado
para un solo mexicano!


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